Por Saulo Hidalgo I Orador motivacional y predicador católico I Foto: Cortesía de Saulo Hidalgo
Bajo el panorama sombrío con el que la media nos presenta las realidades del mundo, en un esquema de guerras, de luchas de poderes, de confusión y de deshumanización, la palabra esperanza parece ser más el nombre de la vecina de al lado que una realidad sostenible. Y es que la muerte de un sueño no ocurrirá debido a un fracaso ni a una noticia errada o manipulada; vendrá por la indiferencia y la apatía de quien es poseedor del sueño. El haber cometido errores no debe ser una pared que destruya nuestros sueños. La persona que nunca comete errores debe cansarse mucho de no hacer nada. Como predicador de la Palabra de Dios he descubierto que ella, más que un libro lleno de normas y códigos, es una fuente de esperanza para los que tenemos que enfrentar ataques, batallas y contrariedades. Está llena de personajes y nombres concretos que, en los momentos más difíciles de su vida, encontraron la esperanza (en Dios y en ellos mismos), enfrentaron sus realidades y se convirtieron en símbolos de resiliencia y determinación.
Y es que la esperanza nunca falla. Nunca. Es más, es lo único que nunca falla. La razón por la que hago esta afirmación es porque nunca es algo abstracto. Siempre tiene rostro, tiene forma, es comprobable y es accesible. En la Biblia y en la historia tenía nombres de personas y, en mi realidad, en mi historia y en mi vecindario: ¡también! Cuando la esperanza y el trabajo operan juntos, lo que se logra es una obra de arte. ¿Por qué perdemos la esperanza? Decía Molière que “Todos los hombres son iguales en cuanto a sus promesas. Es solo en sus hechos que son diferentes”. Para poder ver a Dios en acción, es necesario poner la acción y la esperanza a trabajar juntas. Es tanto así, que Dios inspiró a uno de los gigantes de este tiempo, el Papa Francisco, a proclamar el 2025 como el Año Jubilar de la Esperanza. Nos llamó a ser proclamadores y ejemplos vivos de la esperanza. A mí mismo, lo que me mueve a trabajar por la gente es la esperanza en ella. Si me pregunta, le afirmaría que la gente es lo que me inspira esperanza. Todavía hay gente maravillosa. Estamos rodeados de gente maravillosa. La fuerza para continuar esta misión está sostenida en dos cosas: Dios y los testimonios de gente.
Conocí una familia en Detroit que me llenó de esperanza. Hace unos doce años, su casa sufrió un incendio. A él lo habían deportado a México y ella no estaba en la casa. El niño de tres años estaba en la cuna y el niño mayor de siete años se acostó sobre su hermanito para protegerlo del fuego. El mayor murió en el intento por salvar al menor, quien por motivos del impacto y el humo quedó sin habla y sin movilidad. Bajo ese panorama, sus padres se convirtieron en símbolo de unidad y trabajo por la comunidad. Cuando pisé esa casa muy humilde, nunca había experimentado más esperanza.
Hace poco escuché que la señora Melba Grullón, quien acaba de perder en el desastre del Jet Set a su única hija, comenzó un programa de becas y ayudas a estudiantes pobres. El dolor y la tragedia sacan a relucir la grandeza de la gente que necesitamos para nosotros superar cada barrera que tenemos. La elección y no la casualidad determinan nuestro destino. Lo que más me duele es que, muy frecuentemente, me encuentro con personas que son como las carretillas, los remolques o las canoas: deben ser empujadas, haladas o remadas para lograr algo de movimiento en ellas. Dios te quiere en movimiento, aunque frente a ti solo veas las profundas aguas del Mar Rojo. La orden de Dios a Moisés fue que le dijera al pueblo que se pusiera en movimiento. ¡El milagro estuvo en el movimiento de la gente! Si ellos no se movían, ¡las aguas no se abrirían! Que la esperanza te mueva hacia adelante. Si de verdad temes a Dios, entonces no hay razón para temerle a nada más. Las oportunidades pueden caer sobre tus rodillas, si tus rodillas están donde caen las oportunidades.
Dios te bendiga.

